17 de septiembre de 2020

XXV Domingo del Tiempo Ordinario 20 septiembre de 2020



Dios sí quiere que nuestros planes coincidan con sus planes, pero somos nosotros los que muchas veces hacemos esto imposible. Por nuestra inclinación al mal, por nuestro egoísmo, por nuestro materialismo, por no obedecer humildemente los planes de Dios, hacemos muchas veces imposible que los planes de Dios se cumplan en nuestras vidas. Los planes de Dios son siempre la justicia, el amor, la paz. Dios sí quiere que todos sus hijos puedan vivir dignamente y sean humana y cristianamente felices, pero somos nosotros, los humanos, los que, con nuestro egoísmo y maldad, creamos divisiones injustas y hacemos posible que, mientras a algunos les sobren muchas cosas superfluas, a otros les falten muchas cosas necesarias. También es verdad que los hombres, las personas humanas, somos limitados e imperfectos en nuestro entender y en nuestro obrar. Más de una vez los planes de Dios nos sorprenden y nos descolocan, porque no los entendemos. En estos casos, debemos aceptar con humildad y confianza en Dios los acontecimientos personales, familiares o sociales, que nos cuesta entender y explicar. ¿Por qué mueren tantos niños inocentes, por qué, como consecuencia de un terremoto o un huracán, sufren y mueren muchas personas buenas que siempre desearon cumplir la voluntad de Dios?, ¿por qué?, ¿por qué?... Humildad y confianza en Dios, a pesar de todo. Fijémonos ya concretamente en el evangelio de este domingo, según san Mateo.
El Reino de los cielos se parece a un propietario que salió a contratar jornaleros para su viña. El propietario de esta viña pagó lo mismo a los jornaleros que habían trabajado todo el día, que a los que habían trabajado menos horas. ¿Fue injusto este propietario? Según las costumbres de la época, según los planes de los hombres, sí, pero según los planes de Dios, no. ¿Por qué? Porque el propietario de la parábola, que se parece al Reino de los cielos, no se fijó en la cantidad de horas que habían trabajado unos u otros, sino en la misma voluntad de trabajar que habían tenido todos los jornaleros que habían ido a la plaza a buscar trabajo. Por qué habían contratado a unos antes que a otros no lo sabemos, pero, según la parábola, parece que todos habían ido a la plaza con la misma voluntad de trabajar. El propietario no hizo distinción entre jornaleros y jornaleros, entre los más fuertes, o los más ricos, o los más amigos, y los más débiles, o los más pobres, o los menos conocidos. Por supuesto, la frase final: los últimos serán los primeros y los primeros los últimos, tiene un significado histórico y teológico. Se refiere a que los judíos, que fueron los primeros llamados al Reino de Dios, serían los últimos en entrar en él, mientras que los paganos, que fueron los últimos llamados, serían los primeros. San Pablo explicará después esto mismo en muchas ocasiones.
Mis planes so son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. El profeta Isaías contrapone directamente en este texto los planes de los malvados y criminales con los planes de Dios. Dios, mediante el profeta, pide a los malvados que se arrepientan de sus malas acciones, con la seguridad de que el Señor tendrá piedad de ellos y les perdonará. El perdón de Dios, les dice, es superior al pecado del ser humano. Aceptemos nosotros siempre la voluntad de Dios en nuestras vidas y, aunque algunas veces nos equivoquemos y pequemos, si sabemos pedir perdón Dios es seguro que nos perdonará. Ante Dios, la humildad y el amor tienen siempre la última palabra, porque el Señor está siempre cerca de los que le invocan, como nos dice el salmo 144.

Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir. Pero si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero no sé qué escoger. San Pablo, como sabemos, creía firmemente en la resurrección con Cristo, cuando Cristo volviera en la segunda y definitiva venida que él creía que iba a ser inmediata. Por eso, el morir para san Pablo era una ganancia porque dejaría de sufrir y se incorporaría para siempre a Cristo. Pero él también sabía que había sido el mismo Cristo el que le había dado la vocación de predicar el evangelio a los gentiles y, por tanto, su trabajo era fructífero. Si para él su vida es Cristo debe aceptar el vivir para los demás, por Cristo, aunque para esto tenga que sufrir en esta vida mortal Este mismo sentimiento lo han tenido también otros santos del cristianismo y podemos tenerlo también en algún momento nosotros, cuando la vida nos resulte demasiado dura y penosa. Lo importante es que todos nosotros hagamos en cada momento lo que Dios nos pide y dejemos después que sea el mismo Dios el que decida la hora de nuestra muerte y de nuestra unión definitiva y gloriosa con Cristo. Pidamos al Señor que nuestros planes coincidan siempre con sus planes.

28 de agosto de 2020

Domingo XXII del Tiempo Ordinario 30 de agosto de 2020



Resultado de imagen de en aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -- ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte. Jesús se volvió y dijo a Pedro: -- Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Los maestros espirituales de todos los tiempos nos han dicho que la ascética es un paso necesario en el camino de perfección. Pensar que el espíritu humano puede llegar a su perfección espiritual sin poner freno a los desenfrenos del cuerpo, es una utopía inhumana. Nacemos imperfectos, con tendencias carnales contrarias a un buen desarrollo del espíritu y necesitamos domar el caballo negro de nuestras pasiones incontroladas, como ya nos decía el mismísimo Platón, para que el carro de nuestra vida corra por el buen camino y no se desboque, ni se desvíe del camino recto. Jesús se lo dice así, de una forma clara y tajante, al bueno y optimista Pedro que quería ver a Cristo ya en la cima de la gloria, sin haber pasado antes por el monte de la crucifixión. Pero es que Dios no ha excluido a ningún ser humano, ni siquiera a su propio Hijo, de subir al monte calvario, antes de subir al monte de la resurrección. Esto lo hemos estado viendo estos días pasados, en un orden puramente humano, en los ciclistas corredores del tour de Francia y de la vuelta a España. Han tenido que sufrir mucho y subir sacrificadamente muchos puertos, antes de llegar a la meta final. La vida no siempre es un valle de lágrimas, pero siempre es un campo de batalla. Eso fue para Cristo, que quiso cargar amorosa y pesadamente con su cruz, y eso es necesariamente para cada uno de nosotros, porque nacemos inclinados al pecado y necesitamos esforzarnos cada día, cargar con nuestras cruces, si queremos llegar a la perfección a la que hemos sido llamados. El profeta Jeremías fue durante toda su vida de profeta un buen ejemplo de persona que supo cargar con las múltiples cruces que sus enemigos pusieron en su camino de predicación de la palabra de Dios. Muchas veces estaba a punto de abandonar, sus tendencias egoístas así se lo pedían, pero  su auténtica vocación de profeta de Yahvé logró siempre imponerse a sus  tendencias egoístas y  cargó con su cruz hasta el momento final. Un buen ejemplo para nosotros, los cristianos de este siglo XXI, cuando nos parece que la sociedad actual nos mira con cierto desprecio y, más de una vez, se burlan y se ríen de nosotros.
No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Vivimos en este mundo, pero no debemos permitir que todas las reglas y costumbres de este nuestro mundo sean las reglas y las costumbres de nuestra vida cristiana. No todo lo que nos dice y nos aconseja <el mundo> es voluntad de Dios. Tenemos que saber discernir, en cada caso, lo que es bueno, agradable, perfecto, ante Dios.


Beato Manuel Medina Olmos, Obispo y Mártir 30 agosto 1936


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Don Manuel Medina Olmos nació en Lanteira (Granada) en 1869. Con la pérdida prematura de su madre, fue confiado al cuidado de su tío, el sacerdote D. Manuel Olmos Núñez que supo educare con su ejemplo, la devoción a la Santísima Virgen María y con su celo sacerdotal. Viendo el genio vivo y el entendimiento despierto del sobrino, le puso a estudiar, consiguiendo hacerle Bachiller a los trece años. Acabados sus estudios secundarios, ingresó en el Seminario de San Torcuato de Guadix, donde no solo estudió sino que aprendió a obedecer y a servir a los hermanos configurando así su personalidad cristiana y sacerdotal. Terminó a los 22 años, lleno de vida y de proyectos. Mientras llegaba su ordenación, fue profesor en el mismo Seminario. Y ya sacerdote, durante unos meses, Párroco de El Sagrario Catedral de Guadix.

10 de agosto de 2020

La Asunción de la Virgen María 15 de agosto de 2020



Terminado el curso de su vida terrena, la Virgen María fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. Esto es lo que definió como dogma revelado por Dios el Papa Pío XII, el día 1 de noviembre de 1950. Aquí no se dice si la Virgen murió o no murió, terminado el curso de su vida terrena. El sentir mayoritario de la tradición eclesial ha creído que, por semejanza con Cristo que sí murió, también murió la Virgen María, aunque la definición dogmática de la Asunción silencie la muerte de María. Unas frases del prefacio de la misa de esta fiesta podría sugerir lo contrario, cuando afirma: “con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu Santo, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo”. Por eso, cuando hablamos de la Asunción de María preferimos hablar de dormición y de tránsito, más que de muerte. Dejando a un lado cualquier discusión sobre este tema, lo que hoy nos gusta pensar y creer a los católicos es que la Virgen María pasó de este mundo directamente a los brazos de Dios, a los brazos de su Hijo, en el momento mismo en el que terminó el curso de su vida terrena. Tampoco creo que debamos hablar hoy de la gloria celestial, el cielo, como de un lugar físico, que está situado arriba, y, consecuentemente, el lugar al que fue llevada la Virgen María. El cielo como lugar físico no es defendido hoy por la teología actual; no está, pues, ni arriba, ni abajo.

4 de agosto de 2020

Domingo XIX del Tiempo Ordinario 13 de agosto de 2020


Resultado de imagen de «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. La situación en la que se encontraban los apóstoles, en la travesía del lago, era una situación comprometida. Estaban “muy lejos de la tierra”, la barca “estaba siendo sacudida por las olas” y “el viento era contrario”. En esta situación, en la tenue luz de la madrugada, no era difícil ver fantasmas. Dicen los entendidos en Biblia que, cuando Mateo escribe este relato, la comunidad de la Iglesia en la que él vivía estaba pasando por momentos de desconcierto y desánimo. Arreciaban las persecuciones, muchos cristianos estaban nerviosos y desconcertados porque la segunda venida del Señor no acababa de llegar y, en consecuencia, la fe primera, fuerte y vigorosa, se estaba debilitando y muriendo. Mateo ve en esta situación de la Iglesia de su tiempo mucho parecido con lo que les pasó a los discípulos en aquella famosa madrugada, después de la multiplicación de los panes. También nosotros podemos pensar que la situación en la que se encontraba la primitiva Iglesia, cuando Mateo escribe su evangelio, no es muy distinta de la situación en la que se encuentra nuestra Iglesia de hoy. El mar en el que navega hoy nuestra iglesia es un mar hostil y los vientos que hoy soplan más fuertes en nuestra sociedad son vientos que intentan hundir la barca de nuestra fe. En estas circunstancias es fácil entender que muchos cristianos se sientan tentados a pensar que Jesús es ya sólo un fantasma, un cuerpo sin vida que flota en el aire de nuestra débil creencia y que sirve ya más para asustar y amedrentar, que para consolar y dar ánimo. Por eso, debemos seguir leyendo el relato evangélico y escuchar con atención lo que Jesús dice a los discípulos.

30 de junio de 2020

XIII Domingo del Tiempo Ordinario


Resultado de imagen de «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí.

El que quiere a su padre o su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. Todas las personas nacemos ya con una serie de valores primarios inscritos en la propia naturaleza: el amor a la vida, el amor al alimento y al dinero, el amor a los padres y a los hijos, etc. 

23 de junio de 2020

Solemnidad de San Pedro y San Pablo 29 de junio de 2020


OREMOS POR EL PAPA.- Este breve pasaje de los “Hechos de los apóstoles” nos ofrecen un interesante relato sobre la vida los primeros cristianos, cuando la Iglesia nacía y se marcaban las directrices fundacionales, base y fundamento de lo que es la Iglesia. Por eso esa época tiene un valor único para ser fieles a la doctrina de Cristo en lo fundamental, aunque hayas aspectos y detalles que van cambiando según el tiempo y las circunstancias, pero sin cambiar en lo que es fundamental.
Se nos refiere la muerte de Santiago, el hermano de San Juan Evangelista. Con ello vemos cómo desde el principio hubo persecuciones contra los cristianos. En este pasaje se nos narra la prisión de Pedro y su liberación, gracias a la oración de aquellos primeros discípulos. Hoy también la Iglesia entera reza por el Papa, este Papa Francisco que nos sorprende con su sencillez y personal encanto.
Una característica del Papa Francisco es la de pedir que recemos por él. Es como una cantinela con la que termina sus intervenciones, tanto generales como particulares. En la Liturgia se pide con frecuencia por el Papa, sobre todo en la Santa Misa donde siempre y forma nominal se implora al Señor que ilumine y fortalezca a nuestro Pontífice el Papa Francisco.

XXV Domingo del Tiempo Ordinario 20 septiembre de 2020

Dios sí quiere que nuestros planes coincidan con sus planes, pero somos nosotros los que muchas veces hacemos esto imposible.  Por nuest...