28 de abril de 2020

IV Domingo de Pascua 3 de mayo de 2020



Jesús nos ofrece la salvación. La primera lectura del libro de los Hechos relata el final del primer discurso de Pedro a un auditorio exclusivamente judío y expone la reacción provocada en el mismo. Es el mensaje pascual de la victoria de Jesús sobre la muerte. 

La resurrección de Jesús es presentada como entronización. Los títulos de Señor y Mesías representan en el pensamiento de la iglesia primitiva los dos aspectos fundamentales de la realeza de Jesús resucitado. Pero esta realeza, contrariamente a las aspiraciones judías, no es concebida en clave política, sino en clave salvífica global. El título de Mesías mira hacia el pasado: Jesús lleva a cumplimiento las profecías mesiánicas: el de Señor, hacia el futuro: Jesús volverá y su vuelta inaugurará la fase gloriosa del Reino de Dios. Testigo y actor de excepción es Dios en persona. Las últimas palabras de Pedro han sonado como una amarga queja. Los contemporáneos de Jesús no supieron reconocerle durante su vida terrestre. Solo ahora caen en la cuenta del significado que Jesús tiene para sus vidas. Por eso buscan adherirse a Él. Pedro les urge a que aprovechen el ofrecimiento de salvación. Si Jesús no le basta al hombre para su conversión, el hombre ya no tiene remedio, porque no quedan más mesías que le puedan convertir, dado que Jesús es el ofrecimiento último y definitivo de Dios al hombre.
Jesús es el siervo sufriente. Así lo presenta Pedro en su carta. El testigo ha dicho la verdad; debe ser ejecutado." Esta es, por desgracia, la lógica de las cosas. Quien luche verdaderamente por la justicia y la verdad, que no espere muchas felicitaciones. El pecado del mundo estriba en no recibir el bien. Si sale a la luz, un mal celosamente encubierto, fatalmente el pecado, atacado en su raíz, se enfurece y pasa al contraataque. Este fue el destino de Cristo, predicho por el Segundo Isaías. Él es el Siervo sufriente. Querer liberar al hombre es aceptar recibir golpes. La lógica del testimonio lleva a la persecución, tal vez a la muerte. Es nuestra "vocación". Pero la unificación de la humanidad en torno a Cristo sólo se conseguirá a este precio.

Celebramos el domingo del “Buen Pastor”. Los pastores son los dirigentes y las ovejas el pueblo. En la Biblia frecuentemente se rechaza a quienes guían al pueblo mirando en beneficio de sus propios intereses económicos y políticos. Son ladrones y bandidos. La salvación pasa necesariamente por Jesús. Jesús camina delante y conoce a sus ovejas. Él es el camino verdadero y viviente. Su vida y su muerte están patentes ante los ojos de todos. No dirige su comunidad desde un despacho. Por otra parte, en la comunidad de Jesús no se funciona como en una masa social en base a números de carnet o apellidos. El conocimiento es personal. Él conoce el nombre de cada oveja, y ellas le conocen a él. Nada parecido a un ejército o a una gran empresa. Rebaño y pastor son uno. Jesús es la puerta de entrada de la comunidad cristiana más allá de las herencias sociales en materia de religión. Una puerta siempre abierta es una posibilidad que se ofrece y no es nunca un obstáculo. La comunidad y sus pastores de cada momento habrán de cuidar para no estrechar su dintel, modificando lo establecido por el único pastor. La fidelidad al Señor es el alimento de su rebaño. Así lo está presentando el Papa Francisco cuando recuerda a los pastores actuales que deben “oler a oveja”. Así lo recordó hace muchos siglos San Agustín: “Puesto que los pastores están puestos para cuidar de aquellos a cuyo frente están, en el hecho de presidir no deben buscar su propia utilidad, sino la de aquellos a quienes sirven; todo el que es pastor y se goza de serlo, busca su propio honor y mira solamente sus comodidades, se apacienta a sí mismo, no a las ovejas”.

Domingo de Pentecostés

Pentecostés era una de las grandes fiestas del pueblo judío. Día de acción de gracias, de recuerdo agradecido por la alianza que Dios...