12 de diciembre de 2018

III Domingo de Adviento 16 de diciembre de 2018



Este tercer domingo de adviento es conocido como el domingo de la alegría. La lecturas nos hablan de ello y la alegría se hace patente porque ya está muy cercana la Navidad, ese gran acontecimiento que llevamos preparando durante todo el mes. Además de la alegría, la figura de Juan el Bautista, que vuelve a aparecer en el evangelio, nos recuerda la llamada a la conversión propia también de este tiempo. Es una manera de preparar el corazón, limpiando todo lo que pueda ser obstáculo para que Dios nazca en él. La Iglesia nos ofrece para ello el sacramento del perdón, al que podemos acudir en cualquier momento, y que puede ser un buen compromiso personal.
Pero a mí, personalmente, la figura de Juan el Bautista me resulta peculiar. Intento ponerme en situación, pensando en aquellos tiempos, en la situación de “adviento permanente” en que vivía el pueblo de Israel, esperando un Mesías que les permitiera salir de la “crisis” en la que estaban viviendo. Y de repente, en medio del desierto, aparece una figura poco ordinaria, algo extravagante y excéntrica que dice que “las cosas no pueden seguir así”. Y un grupo de gente empieza a unirse a ese “movimiento de indignados”, a través de un “bautismo” que es señal de algo más grande que está por venir. Es un grupo “avanzadilla” que pide una transformación, pero que no pone las esperanzas en ellos mismos, que “no son la luz, sino TESTIGOS de la luz”. Pero que, sin embargo, empiezan la transformación por ellos mismos, dejan su antigua vida y gritan con fuerza: “Allanad el camino del Señor”; “en medio de vosotros hay uno que no conocéis”.

Eso es lo que hacían Juan el Bautista y su grupo. Eran tiempos de transformación (ellos decían “conversión”). Hoy en día creo que también estamos en un tiempo muy semejante. Necesitamos transformaciones en muchos ámbitos. Y seguimos necesitando una gran conversión interior. Porque las cosas que vemos mal, no van a cambiar por “arte de magia”, si no estamos allí para transformarlas, y si previamente no hemos cambiado lo que hay de negativo en cada uno de nosotros.
San Pablo habla, en la segunda lectura, a una comunidad cristiana (Tesalónica) que estaba experimentando dificultades porque la sociedad en la que vivían no comprendía ni aceptaba su estilo de vida. Quizás a nosotros hoy no nos comprendan, ni nos acepten, porque nuestro “estilo de vida” deja mucho que desear. Quizás este rechazo es una LLAMADA A LA CONVERSIÓN, a la transformación, a mirarnos como comunidad cristiana y ver qué podemos mejorar, qué podemos cambiar, para hacer más cercano y atractivo esa Buena Noticia que hoy (y siempre) nos llena de alegría. ¿Habla nuestra vida de que Dios está con nosotros? ¿Dicen nuestras obras que Jesús nació entre nosotros y vino para quedarse y hacernos la vida más feliz? ¿Nos hace nuestra fe vivir más alegres? Juan el Bautista no es una figura “romántica” de la que podemos repetir sus frases más conocidas. Juan el Bautista y su grupo de “indignados” fueron y siguen siendo y serán siempre una llamada a la transformación de las cosas que no están bien, que no pueden seguir así, en nuestro mundo, en nuestra Iglesia, en cada uno de nosotros.
Juan el Bautista nos dice: “¡Ya está bien!”. Y San Pablo nos insiste: “No apaguéis el espíritu… examinadlo todo, quedándoos con lo bueno”. Sed fieles a la oración, a la “Acción de Gracias” (la Eucaristía) y al Evangelio; y no os aisléis del mundo, aunque os rechace, sino implicaos más, sed levadura, sal, luz… sed TESTIGOS, como lo fue Juan, como lo fue Isaías, como lo fue María y como lo han sido muchos otros a lo largo de la historia. Los profetas nos animan a vivir un estilo de vida alternativo, descubriendo en los otros, sobre todo en los que sufren y en los pobres, el rostro de un Dios que se ha encarnado, que se ha hecho hombre, que nace en Belén en un pesebre pobre y humilde y que siempre estará con los que no se conforman con el estado de las cosas.

La Eucaristía es “otro Belén”. Si no sabemos verle aquí, difícilmente podremos descubrirle en otros sitios, o en otras personas. En estos tiempos de transformación, podemos empezar por hacer que la comunión transforme y convierta nuestro duro corazón, para hacer hueco en él a todo un Dios que viene a nacer entre nosotros. Seguro que así podremos entender mejor esa alegría de la que nos habla el adviento y la Palabra de Dios.

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