20 de mayo de 2020

Solemnidad de la Ascensión del Señor 24 de mayo de 2020



Estamos celebrando la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Lo hacemos con la convicción de que, Jesús, está siempre al otro lado. De que nos acompaña hasta el último día de nuestro mundo. Tendremos luchas, saldrán a nuestro encuentro dificultades, numerosas naciones darán la espalda a una religión cristiana que ha sido el cuño y la identidad de su historia. Pero, el Señor, no nos abandona. En todo caso, como siempre ha sido, después de la noche oscura (también en la Iglesia) amanecerá el sol y con más fuerza.
Aún en medio de esa noche oscura (tal vez lo hemos tenido demasiado fácil últimamente para vivir o expresar la fe) en la Iglesia de nuevo hemos de retomar el impulso evangelizador. Seremos menos populares y tendremos que dejar de ser tan populistas para presentar, con todas las consecuencias, lo qué es una fe cristiana seria, convencida, transparente y comprometida. Tal vez, por ello mismo, tendremos que mirar más a Cristo y no tanto a las estructuras humanas. Tal vez, por ello mismo, tendremos que agarrarnos a lo genuino del evangelio desprendiéndonos de toda hojarasca que, dentro y fuera, nos impide ver con todas las consecuencias lo qué significa y comporta el llevar sello cristiano. O, tal vez, tendrán que venir otros evangelizadores y cristianos –más valientes y coherentes que nosotros- para cubrir un espacio que nosotros, por cobardía, lo políticamente correcto o el miedo al qué dirán hemos sido incapaces de conquistar.
La Ascensión del Señor, hoy sobre todo, nos invita mirar hacia el cielo. Pero no para desearlo como salida y fin de nuestros sufrimientos o válvula de escape sino para seguir combatiendo, hoy y aquí, con la misma fuerza y persuasión de Aquel que hoy se nos va pero nos asegura su mano, su presencia y su voluntad de no abandonarnos anímica ni eclesialmente.

El Señor no se ha ido. Se ha quedado en cada uno de nosotros. En cada padre o madre que, lejos de dormirse en un ambiente relativista y peligroso, transmite las verdades más fundamentales del credo. En cada sacerdote que, lejos de asustarse ante un mundo que no le comprende y le exige demasiado, presenta sin temor lo que considera primordial y no secundario. El Señor se ha quedado en esta Iglesia que, a pesar de sus contradicciones, sigue manteniendo viva la llama de la esperanza en medio de un caos y de una sociedad incapaz de soportarse a sí misma. Una Iglesia que, si dijera lo contrario, tendría más aplausos pero seguiría sin convencer a muchos porque, hoy y siempre, tendrá rechazos por lo que dice y por lo que no dice, por lo que hace y por lo que no hace. Y es que, la Iglesia, no está para hacer del mundo un cielo a nuestra manera sino para recordarnos que, esta tierra nuestra, puede ser un pequeño cielo pero como Dios manda. Lo contrario….es más de lo mismo.

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