20 de noviembre de 2019

Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo 24 de noviembre de 2019



De acuerdo con el texto evangélico de este domingo, parece evidente que no podemos entender la palabra “reino” en el sentido político y social que cuando usamos esta misma palabra para referirnos a alguno de los reinos que ha habido y hay actualmente en nuestro mundo. Jesucristo no manda, ni política, ni militarmente, como han mandado antes, ni como mandan ahora los reyes de nuestro mundo. Ni tiene poderes militares, ni da órdenes política y socialmente coactivas. El reino de Jesucristo es un reino espiritual y Cristo lo que quiere es ser rey de nuestros corazones. En los evangelios nunca aparece definido en términos claros el reino de Dios. En las parábolas sobre el reino se nos dice que el reino de Dios es como un grano, una semilla que se siembra y va naciendo y creciendo muy lentamente (Mt 4, 26), o como el grano de mostaza (Mt 11, 28), o como una realidad que ya está entre nosotros, ¿el mismo Jesús?, (Lc 7, 21), o como una realidad que se hará del todo presente después de la parusía, de la segunda venida del Señor. 
Quizá, en esta reflexión homilética, lo más importante sea que cada uno de nosotros vea y examine en su conciencia en qué sentido Jesucristo es para él rey, en la vida pública y privada, y qué pide él cuando reza todos los días “venga a nosotros tu reino”. Para mí, Jesucristo es mi rey porque manda en mi corazón y en mi conducta diaria, y quiero que venga a nosotros su reino porque quiero que Jesucristo sea el modelo de hombre que viva en mi sociedad. Quiero que Jesucristo sea para todos nosotros modelo de vida, camino directo para llegar al Padre, testigo de la única y verdadera verdad que merece la pena defender; quiero que en nuestro mundo Jesucristo sea visto como el auténtico rostro misericordioso de nuestro Padre Dios. Quiero que venga pronto a nosotros “su reino”, es decir, un reino de paz, de justicia, de amor; un reino en el que todos podamos vivir como hermanos y como auténticos hijos del único Dios verdadero.
El profeta Daniel, en lenguaje apocalíptico, nos habla de un anciano, Dios, que envía desde el cielo a un “hijo de hombre” al que se le da poder real y dominio sobre todos los pueblos, naciones y lenguas. Nosotros, los cristianos, siempre hemos visto en esta figura del hijo de hombre a Jesucristo, rey del universo. El mismo Jesús, en los evangelios, se da más de una vez a sí mismo este título de “hijo de hombre”. Sí, Jesús fue un hombre como nosotros en todo, menos en el pecado, a quien Dios Padre envió a la tierra para salvarnos a todos. Debemos celebrar hoy con gozo esta fiesta de Cristo Rey, proclamándole libre y agradecidamente nuestro rey, rey de nuestros corazones, que queremos que dirija y guíe nuestro diario vivir.

A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. El testigo fiel es el que da testimonio de la verdad del que habla. Jesucristo fue el testigo fiel de la verdad del Padre, a quien el Padre envió precisamente a este mundo para eso: para ser testigo de la verdad, como el mismo Jesús le dice a Pilato. Para nosotros, los cristianos, Jesucristo es la verdad suprema, antes de todas las demás verdades científicas, sociales o políticas. En este sentido, repetimos una vez más, es nuestro rey. Nosotros no despreciamos nunca las verdades científicas, sociales y políticas, pero las sometemos a la verdad suprema que es Jesucristo. Nos referimos a Jesucristo visto como persona, no como una teoría, visto como testigo fiel de la verdad del Padre, como nuestro modelo de vida, como nuestro camino espiritual para llegar a Dios, como nuestro maestro, como nuestro rey. A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

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