9 de noviembre de 2018

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario 11 de noviembre de 2018



La limosna siempre ha sido considerada como una virtud cristiana. Porque la limosna cristiana es un acto de amor cristiano, es decir, de amor al prójimo necesitado de ayuda. En este sentido, la limosna es un acto de misericordia, es compadecernos de la miseria del prójimo y tratar de remediarla. En nuestro tiempo, no siempre es fácil saber cuándo y cómo debemos ejercitar la virtud de la limosna, porque no siempre sabemos cuándo el prójimo que nos pide limosna está de verdad necesitado, o está fingiendo necesidad. Lo cierto es que debemos practicar la virtud de la limosna, lo difícil es saber el cuándo y el cómo debemos practicar esta virtud. En la calle, en el metro, a la puerta de todas las iglesias hay personas que piden limosna; cómo sabemos si de verdad son personas necesitadas o no, no siempre es fácil. Es más seguro dar dinero a organizaciones serias que sabemos que van a distribuir acertadamente el dinero que nosotros demos. Pero la dificultad de acertar con el cómo y el cuándo en ningún caso nos van a dispensar de la obligación cristiana de dar limosna. Si la limosna es expresión del amor al prójimo, la práctica de la limosna es tan necesaria como necesaria es la práctica del mandamiento del amor al prójimo. Tampoco es necesario que estemos muy sobrados de dinero, para tener que dar limosna; la viuda del evangelio era una persona pobre y, sin embargo, dio limosna al templo, porque estaba convencida de que así contribuía a dar un mejor culto al Dios al que ella adoraba.
Demos limosna en la mayor medida que nos sea posible, porque así estaremos cumpliendo el mandamiento principal de la ley de Dios: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Por lo que leemos en el libro primero de los Reyes, se trata de otra viuda que dio limosna no de lo que le sobraba, sino de lo que ella misma y su hijo necesitaban para sobrevivir. En este caso, la viuda de Sarepta lo hizo fiándose de la palabra del profeta Elías, a quién ella vio como un auténtico profeta de Yahvé. ¡Dar no de lo que nos sobra, sino de lo que necesitamos para vivir! Esto es lo que hicieron las dos famosas viudas de las que nos hablan las lecturas de hoy. Evidentemente, se trata de dos casos extremos de generosidad. Yo creo que, en circunstancias normales, a nosotros no se nos exige tanto; es suficiente con que demos limosna con generosidad, aunque la limosna nos suponga privarnos de un dinero que nos vendría bien, pero sin que la limosna que damos nos deje en necesidad extrema, como le ocurrió a las dos viudas de las lecturas de este domingo. Estas dos viudas son ejemplos más admirables que imitables. Se nos proponen precisamente para eso: para que admiremos su gran generosidad y para que su ejemplo nos anime a vencer nuestra tacañería habitual y nuestra excesiva preocupación por lo económico.

II Domingo de Adviento 9 de diciembre de 2018

"Consolad, consolad a mi pueblo..." (Is 40, 1). El pueblo elegido estaba desterrado y gemía a las orillas de los ríos de Ba...