15 de noviembre de 2018

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario 18 de noviembre de 2018



Lenguaje simbólico sobre el final de los tiempos. En el final del año litúrgico en que nos encontramos la Palabra de Dios nos es presentada en un lenguaje apocalíptico. La apocalíptica es la literatura que aborda esta temática: la ardiente espera de un final del orden presente, al que seguirá un orden o mundo nuevo. Para ello se sirve de un lenguaje especial, el lenguaje que tiene su origen en la fantasía. No es de naturaleza informativa, es decir, no es una guía en la que se nos comunica el desarrollo de unos hechos. Es de naturaleza simbólica, plástica y está al servicio de una idea, de una concepción. Por lo que respecta al final, éste es expresado con imágenes tremendistas: cataclismos cósmicos, guerras, fuego, derrumbamientos, personajes celestes, señales luminosas, trompetas convocando a juicio. Es la imaginería que se recoge en las lecturas de hoy. Su valor no es literal, sino simbólico.
Triunfará la vida para los justos. En el libro de Daniel fue escrito en tiempos de persecución y de resistencia. En los pasajes apocalípticos de esta lectura “la gran tribulación" o "los tiempos difíciles" aparecen como una señal de salvación definitiva de los justos. El autor ve en los mártires de su tiempo la señal de la victoria, descubre la situación extrema que precede a la salvación del pueblo que ha resistido en la fe. Este es "el libro de la vida". Se trata de una imagen utilizada para expresar que Dios conoce a los suyos y los protege hasta el final. No hay en todo el Antiguo Testamento ningún otro lugar en el que hable tan claramente de la resurrección de los muertos que "duermen en el polvo". Aunque se dice que "despertarán muchos", esta expresión quiere decir con frecuencia "todos", y éste parece aquí su sentido. La resurrección es para nuestro autor un postulado de la justicia divina, que no puede dejar sin premio a los mártires y sin castigo a sus verdugos. No falta una palabra de esperanza y una promesa para los "sabios", esto es, para los que enseñan a practicar y no sólo a conocer lo que es justo a los ojos de Dios. Hay para ellos reservada una gloria especial e imperecedera.

Juicio para la salvación. La vida es una tarea hermosa que se verá culminada al final. El evangelio habla de la venida de Jesús, acompañada de unos acontecimientos cósmicos: vendrá como un ladrón en la noche, de manera imprevista... Pero en este futuro actuar de Dios hay un sí absoluto al mundo que ha creado. Jesús nos dice que estemos atentos a la higuera, es decir a los signos de los tiempos, de los que hablaba el concilio Vaticano II. El Hijo del Hombre, figura que aparece en el profeta Daniel, vendrá sobre las nubes del cielo, reunirá a los elegidos de los cuatro vientos. Por tanto, vendrá a salvar y no a condenar. El juicio será para la salvación no para la condenación. En los evangelios Jesús se atribuye a sí mismo este título mesiánico. Lo dice bien claro la Carta a los Hebreos cuando habla de la ofrenda de su propia vida, que Cristo ofreció por nuestros pecados de una vez para siempre. Desde entonces introdujo el perdón de los pecados, como regalo perpetuo que Dios nos hace. Los sabios según Dios y aquellos que enseñaron y practicaron la justicia brillarán por toda la eternidad. La Palabra de Dios de este domingo nos hace una llamada a reavivar nuestra confianza en Dios y nuestra responsabilidad en hacer de éste el mejor de los mundos posibles. Una vez más constatamos que Dios está a favor nuestro, que cuenta con nosotros para construir el Reino de Dios ya desde ahora. El futuro que nos aguarda no es terrible, sino gratificante y feliz.

II Domingo de Adviento 9 de diciembre de 2018

"Consolad, consolad a mi pueblo..." (Is 40, 1). El pueblo elegido estaba desterrado y gemía a las orillas de los ríos de Ba...