4 de enero de 2019

La Epifanía del Señor 6 de enero de 2019


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Epifanía es una palabra de origen griego que significaba manifestación poderosa, aparición con fuerza y majestad y que siempre hacía referencia a la llegada de un Rey a una ciudad. Luego, en el mundo clásico, se dio a la palabra un sentido divino y así significaba la aparición de Dios o un hecho portentoso –un milagro—relacionado con la divinidad. En las iglesias latinas se dio este nombre a la celebración de la llegada de los Reyes Magos porque era la presentación prodigiosa del Niño Dios a los Magos de Oriente, a unos gentiles ilustrados y sabios, era, en verdad, la manifestación de Dios a personas que no pertenecían al Pueblo Elegido de Israel. Y en ese acto se abría una nueva dimensión que era la ampliación de esa pertenencia a Dios, como pueblo elegido a toda la humanidad. San Pablo en la Carta a los Efesios lo va a expresar con precisión. 

Dice: “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y participes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio.” La Epifanía significa pues esa manifestación de Dios –hecho Hombre, hecho Niño—a todos y se anuncia ya en la invitación a los Magos, guiados por la Estrella, a tal realidad universal.El Evangelio de San Mateo referido al viaje y adoración de los Magos de Oriente al Niño Jesús contiene una de las páginas más bellas y enigmáticas de la Escritura. Es de una enorme calidad e incluye ese prodigio en forma de estrella que guía a unos peregrinos muy especiales. Junto a todo eso está el mensaje sencillo de –tras las vicisitudes—gran alegría por haber llegado a la meta. Pero ahí se produce otra de las grandes paradojas del relato evangélico: la adoración a un pequeño que se encuentra en un pesebre y que ni él ni sus padres parecen tener importancia alguna. Esa adoración la realizan personajes notables, que tienen potestad para ser recibidos de inmediato por el Rey Herodes y cuyo mensaje --y presencia—turba a toda la ciudad de Jerusalén.
Aunque a muchos les gusta especular con las circunstancias astronómicas y astrológicas de la estrella y, también, con la propia "magia" de los Magos, el relato tiene una precisión y belleza en su contenido cristológico que merece ser leído y releído para después meditarlo y sacar provecho. Podríamos apostar sobre que el Nacimiento del Hijo de Dios en Belén fue un gran acontecimiento y que, por ello, trascendió a quienes debía trascender. En la Nochebuena son los pastores los primeros en conocer la noticia. El mensaje de los ángeles es completo y muy expresivo. Por ello a otros personajes les llega la noticia que da Dios por medio de un fenómeno singular. ¿Se sirvió Dios de un cometa para anunciar a los Magos el Nacimiento de Jesús? Pues, pudiera ser. O no fue así. Poco importa. La cuestión que unos hombres sabios, llenos de esperanza, atravesaron medio mundo para adorar a un niño. ¿Quién les guió? Sin duda la mano de Dios. Su forma concreta en ese día y en esa noche poco importa.
El complemento de tanta belleza de la Palabra no es otra que la oración compuesta por Isaías y que aparece en su capítulo 60. Estalla el poeta –lo parece tanto como profeta—lleno de gozo y alegría: “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora.” No hemos de estar fríos ante tal belleza y alegría. El Señor quiere ayudarnos en nuestra fe, como lo hizo con sus Apóstoles en la Montaña de la Transfiguración. A veces no es fácil el camino de seguimiento del Maestro, la senda de Jesús, y necesitamos de esas explosiones de alegría que iluminen nuestro camino.

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