2 de noviembre de 2019

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario 3 de noviembre de 2019


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Zaqueo es quien busca a Jesús, pero es Jesús el que se adelanta a pedirle a Zaqueo que le acoja en su casa. A todo el que busca a Dios, Dios le encuentra. Debemos ser buscadores de Dios, como lo fueron san Pablo, san Agustín, santa Teresa y todos los santos. Dios quiere que le busquemos y cuando nos ve correr a su encuentro es él mismo el que se adelanta a encontrarnos. El encuentro con Dios no es un encuentro físico, sino una comunión psicológica y espiritual, intensamente afectiva y llena de humildad. Cuando nos dejamos encontrar así por Dios, Dios nos convierte, nos hace suyos. Pero lo más sorprendente para nosotros, en este caso, es la reacción tan espontánea de Zaqueo, cuando ve a Jesús alojado en su casa: lo primero que hace es acordarse de los pobres. Es este un ejemplo maravilloso para nosotros, cuando comulgamos con Cristo, saber que estamos también en comunión con los hermanos más necesitados. Mi comunión con Cristo nunca es un acto individual, que se queda entre Cristo y yo, porque eso no sería comulgar con el Cristo total, que es toda la Iglesia, en la que hay siempre muchos pobres. Alguno de nosotros podrá decir: ¡pero yo también soy pobre económicamente! No se trata sólo de pobrezas económicas que se puedan remediar con dinero, hay otras muchas pobrezas, como también hay otras muchas maneras de ayudar: con nuestra oración, con nuestra compañía, con nuestro trabajo, con nuestra disponibilidad, con nuestro amor, misericordia y compasión. Si nos sentimos profundamente en comunión con Dios, seguro que encontramos alguna manera de entrar en comunión con los hermanos necesitados. Cada vez que comulguemos en nuestras eucaristías, acordémonos de comulgar los pobres.
Ante Dios, el Señor del universo, el Padre de Jesús, el mundo entero no es más que un grano de arena en la balanza, una gota de rocío mañanero. Si la humildad es andar en verdad, como decía santa Teresa, nosotros, los mortales, si queremos andar en la verdad de Dios, debemos vivir siempre convencidos de que no somos más que migajas de la creación de Dios, como decía san Agustín. Pero no somos migajas olvidadas de Dios, sino migajas a las que Dios ama, a las que Dios compadece y perdona. Sí, debemos vivir en la convicción de que Dios, dentro de nuestra pequeñez, nos ama y nos cuida. Y porque nos ama y nos cuida busca nuestra conversión y nuestro amor a él. Dios es la fuente insondable de la que nosotros somos gotas vivas, es el origen y hontanar último del que nosotros manamos. En este último libro del Antiguo Testamento, en el libro de la Sabiduría, se nos recuerda que somos de Dios, que debemos vivir convertidos a él. Jesucristo, en el Nuevo Testamento, nos dirá que el deseo más profundo de su Padre es que no se pierda ninguno de los que le ha encomendado. Estos pensamientos deben hacernos, a un mismo tiempo, humildes y confiados en el poder de Dios y en el amor de Dios. Dios quiere que el ser humano, migaja de su creación, viva en su amor y viva para siempre. Estos pensamientos deben ser, para nosotros, pensamientos gratificantes y confortables.

La vocación de todo cristiano es imitar, en la medida y proporción de sus posibilidades, a Cristo. San Pablo decía y repetía que ya era Cristo el que vivía en él, él se consideraba totalmente identificado con Cristo. Pues esa es también nuestra vocación, la vocación de todos los seguidores de Cristo. Esta vocación debemos realizarla en nuestra vida diaria, en nuestro diario vivir, no sólo en nuestra oración, o en nuestra vida interior, mística y espiritual. Que las personas que nos ven y nos tratan, nos vean como auténticos seguidores de Jesús. Sólo así, Cristo será glorificado en nosotros.

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