24 de enero de 2018

IV Domingo del Tiempo Ordinario 28 de enero de 2018

Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y obedecen. En los evangelios podemos leer más de una vez que Jesús mandó a sus discípulos a ir por el mundo predicando la Buena Noticia y curando a los enfermos. Y nosotros, los cristianos, debemos pensar también esto: que Jesús nos manda no sólo a enseñar con palabras, sino en muchos casos a curar las enfermedades de las personas. La palabra “curar” no debemos entenderla solamente aplicada a la sanación de enfermedades físicas, sino a la curación de cualquier clase de enfermedades, tanto físicas, como psicológicas, o espirituales. Muchas enfermedades que padecemos las personas son psicofísicas. Una persona bipolar, por poner sólo un ejemplo, es un enfermo al que debemos intentar curar de su enfermedad. Hoy día, como en tiempo de Jesús, aunque en distintas formas, hay muchas personas que parecen estar físicamente sanos, pero que de hecho sufren y padecen mucho interiormente. A todos los cristianos nos manda Jesús enseñar y curar. Cada uno de nosotros debemos acercarnos a cualquier persona que sufre e intentar aliviar, o curar, su sufrimiento. Los cristianos tenemos la obligación de intentar imitar a Jesús “que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los poseídos por el diablo”, es decir, a todos los que padecían alguna enfermedad, de cualquier clase que fuera. Una nota distintiva de cualquier cristiano debe ser la misericordia y la compasión. La teoría, el dogma, es importante y distintiva de los cristianos, pero es más importante la misericordia y la compasión hacia el prójimo. El mandamiento nuevo no es predicar doctrina, sino amar al prójimo como Cristo nos amó a nosotros. Prediquemos y curemos, si de verdad queremos ser buenos discípulos de Jesús. Así lo hicieron todos los grandes santos del cristianismo, empezando por san Pablo y siguiendo por los grandes fundadores de órdenes y congragaciones religiosas: san Agustín, san Benito, san Francisco, santo Domingo, san Ignacio de Loyola, santa Teresa, san Juan de la Cruz, la madre Teresa de Calcuta y tantos otros más. Enseñaron con autoridad, como nos dice de Jesús el evangelio de este domingo. Hagamos nosotros lo mismo.
En este texto del Deuteronomio Moisés le dice a su pueblo que el Señor suscitará un profeta de entre sus hermanos, es decir, de entre el pueblo. La misión de un profeta es siempre hablar en nombre de Dios. Los profetas deben primero oír a Dios y después transmitir al pueblo lo que Dios les dice. Lo que no puede hacer un profeta es confundir sus propios intereses con los intereses de Dios. Esto es hacer política, o economía, pero no evangelio. Todos los catequistas y predicadores tenemos que tener esto muy en cuenta. Para ser un buen profeta cristiano lo primero que hay que ser es persona de oración y contemplación. Si no oramos mucho, no podemos estar muy seguros de que nuestra predicación sea palabra de Dios.

Todos los días y a todas las horas debemos vivir atentos a la voz del Señor. Dios nos habla de muchas maneras: a través de nuestra conciencia, a través de otras personas, a través de la vida ordinaria, a través de la naturaleza. En cada momento debemos saber lo que Dios quiere de nosotros, seamos solteros o casados, seamos socialmente más importantes o menos importantes. San Pablo, en este pasaje de su carta a los Corintios, se inclina a pensar que los que están totalmente dedicados a Señor y están libres de las preocupaciones familiares tienen más facilidad, menos preocupaciones, a la hora de servir a Dios. Pero, por supuesto, la familia es una institución santa y necesaria para la Iglesia; cada uno de nosotros tenemos nuestra vocación. No hagamos distinciones y que cada uno de nosotros escuchemos la voz del Señor y, con corazón dócil, procuremos ser fieles a nuestra vocación y servir al Señor lo mejor que sepamos y podamos d entro de nuestra vocación.

II Domingo de Adviento 9 de diciembre de 2018

"Consolad, consolad a mi pueblo..." (Is 40, 1). El pueblo elegido estaba desterrado y gemía a las orillas de los ríos de Ba...